Tuvieron que pasar 26 años para saber de quién se trataba
Esther tenía solo tres años, pero recuerda la mañana del 16 de junio de 1940 con inusitado detalle.
Recuerda haber dormido en la calle al menos dos noches con su muñeca, que era lo único que tenía consigo en ese momento. Recuerda a su madre y a sus hermanas exhaustas, sin haber podido bañarse en días y con la misma ropa que usarían por varias semanas más.
Les rodeaba un montón de gente.
Personas como ellos, sentados en la acera, persiguiendo la mínima sombra que proyectaban los toldos olvidados de unos negocios vacíos. Todos, al igual que ellos, rodeando un pequeño apartamento de Burdeos.
De pronto, la mayoría de las almas que estaban allí, se pusieron de pie y comenzaron a vociferar. Esther se sobresaltó, pero de alguna forma entendió que no era una amenaza.
Un hombre había salido del edificio, y todos los que estaban allí, quizá un par de mil personas, lo aplaudían. Algunas mujeres lloraban.
A su padre se le dibujó una sonrisa en el rostro que no olvidaría jamás.
Pero el hombre, lejos de mostrarse agradado por esa inmensa manifestación de cariño, parecía agobiado. Su rostro era un rictus de...
No, no sabría Esther, hasta recordar la escena varias décadas después, cuál era el significado de ese rostro.
Un hombre a su lado recogía algo de las manos de varios de quienes se encontraban allí. Parecían pequeños libros de cuentos. Luego se los pasaba al hombre, quien los abría y firmaba a una velocidad vertiginosa. A su lado, otro los golpeaba con un taco de madera.
Así lo recuerda, haciendo exactamente lo mismo, una y otra vez, durante varios minutos.
Hasta que le tocó a ellos.
Su padre le entregó un grupo de cuentos, al igual que todos los demás. El hombre los firmaba con la misma destreza y ferocidad, aún más que antes.
Entonces ocurrió algo.
Abrió uno de los cuentos, y era el de Esther. Pero ella no lo sabía.
Fue una pausa de apenas un segundo. Quizá menos.
Y justo en ese instante, los ojos del hombre se fijaron en los de ella.
Aunque los cabellos de él estaban alborotados por el visible esfuerzo, sus ojos hablaban de serenidad en medio de esa vorágine, como arropados por una determinación de acero.
No dijo nada. No preguntó nada.
Firmó el cuento sin quitarle los ojos a ella, como hablándole con la mente.
Como deseándole la mejor de las suertes.
El hombre cerró todos los cuentos y se los entregó a su padre. Su madre rompió en llanto.
Hasta allí llega su recuerdo.
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Hoy, Esther vive en California. Tiene hijos y nietos que la adoran.
Y todos conocen bien el cuento del hombre que por muchos años, solo fue un recuerdo vívido pero aislado en su memoria.
Ella no supo quién era hasta que un día lo volvió a ver, en la parte de atrás de un periódico; En 1966.
Despues de casi tres décadas, conocía por fin su nombre:
Arístides De Sousa Mendes.
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En 1940, París había sido ocupada por los Nazis. Un sinnúmero de judíos buscaba desesperadamente la forma de abandonar el país, pero para ello necesitarían visas; en ese momento, las opciones más sensatas eran España y Portugal.
Pero Antonio de Oliveira Salazar, el primer ministro portugués, había declarado prohibida la emisión de visas de entrada a judíos.
Sousa Mendes ejercía el cargo de Cónsul en Burdeos. Al enterarse de la orden, cayó en una profunda depresión. Por una parte, debía velar por su esposa y sus más de diez hijos; por otra, tenía una obligación moral con los miles de refugiados que necesitaban salir como fuese de allí.
Retar a su gobierno significaría poner a su familia en peligro.
Durante tres largos días reflexionó sobre lo que debía hacer; al cuarto día, fue al Consulado, atestado y rodeado de miles de personas, a indicar que firmaría las visas de todo aquel que lo solicitara, pudiese pagarlas o no.
Un rabino le ayudaba pasándole los pasaportes de las familias, mientras él los firmaba y otro funcionario los sellaba; Así pasó tres días seguidos, sin dormir ni comer.
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Cuando le obligaron a regresar a Portugal, Sousa Mendes fue juzgado con 15 cargos, incluyendo la violación de la prohibición de emitir visas a judíos y otros expatriados.
Fue declarado culpable y expulsado del servicio diplomático, sin posibilidad de pensión. Vivió sumido en la pobreza hasta su muerte en 1954; la mayoría de sus hijos tuvieron que emigrar.
Finalmente, su labor fue conocida por el mundo en 1966.
No ha sido posible precisar a cuántas personas salvó la acción de Sousa Mendes; cuando las autoridades portuguesas lo buscaron en Burdeos, se había trasladado a otra ciudad para continuar firmando visas, eludiendo varias veces a sus compatriotas.
¿Serías tú capaz de sacrificarlo todo por tus principios?
Yo he ido contra la corriente varias veces, y he pagado precios de todo tipo por ello.
Lo volvería a hacer.
Una y otra vez.
Y estoy seguro de que tú sientes desde hace tiempo el deseo de hacerlo, pero no sabes exactamente por dónde empezar.
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Jesús.
Este artículo se publicó originalmente en 2018. Algunos enlaces, cursos o promociones que menciona pueden ya no estar disponibles.