Desarrollo personal

Ni Siquiera La Polio Pudo Con Él

Su madre salió de la habitación, acompañada por los tres médicos.

El último, cerró la puerta con más delicadeza de la cuenta.

Entonces, se quedó solo. Postrado en la cama sin poder moverse.

Con 17 años, había sido atacado por la polio. Estaba totalmente paralizado; solo podía mover sus ojos, aunque sufriera de dislexia.

En el silencio de la sala, en el leve rumor de todas las actividades que ocurrían en ese momento en el hospital, logró escuchar a los médicos hablando con su madre, en la habitación contigua.

Las paredes seguramente eran demasiado endebles, aunque no tanto como él en ese momento. Pudo escuchar lo que uno de los médicos decía:

"Lo sentimos mucho, señora; es poco probable que su hijo sobreviva a esta noche".

Las paredes que le rodeaban eran blancas, pero su visión en ese momento se tiñó del carmín de la furia; ninguna madre debería tener que escuchar nunca esas palabras. Ni siquiera sintió pánico por sí mismo.

Sintió un profundo dolor por su madre y su familia.

Minutos después, la puerta se abrió.

Era ella. Su rostro estaba totalmente sereno.

Para él, hablar era casi imposible. Pero tenía que pedirle una cosa.

"Ma, gira el ropero".

Ella al principio no entendió. Luego de varios intentos, se dio cuenta de que se refería al ropero que estaba en la esquina opuesta a la puerta. Sus compuertas estaban cubiertas por un espejo dividido.

"¿Así?", lo movió un poco.

"Poco más", fue la respuesta.

Ella le obedeció sin preguntarle por qué, pues suponía que se trataba de los delirios por la enfermedad. Tampoco quería forzarlo a hablar.

El ropero, girado como le había indicado, le mostraba el reflejo los ventanales que estaban fuera de su habitación, en el pasillo. Éstos daban a un paisaje campestre desde donde se podía ver el atardecer.

Si voy a morir, al menos veré un atardecer más.

Todo el tiempo que le llevó al sol esconderse tras las más lejanas montañas y despedir sus últimos trazos de amarillo naranja, tuvo los ojos fijos el espejo sin parpadear.

Entonces cerró los ojos y perdió la consciencia.

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Cuando volvió a abrirlos, estaba una enfermera a su lado.

Sentía la boca seca con un sabor metálico. El primer pensamiento que tuvo fue que los médicos se habían equivocado.

Pero había estado inconsciente tres días.

Y seguía paralizado; aunque respirando, que ya era bastante.

Los doctores finalmente le dieron de alta y regresó a casa. Allí, sus padres y siete hermanas siguieron su vida. Una enfermera, distinta a la que presenció su despertar, cuidaba de él a diario.

Por demasiado tiempo, se aburrió horrores. La única forma que tenía para pasar el tiempo, era observar a todos en la casa.

Pronto descubrió que sus hermanas podían decir 'no' cuando en realidad querían decir que 'sí'. O podían decir 'sí' cuando simultáneamente querían decir que 'no'. Una podía ofrecerle una manzana a otra, y demostrar una actitud totalmente opuesta, como para evitar que aceptaran el ofrecimiento.

Así descubrió la comunicación no verbal y el lenguaje corporal.

Tenía una hermana bebé en ese entonces. Durante meses, observó su progreso de aprendizaje para caminar. Cómo lo hacía, qué acciones tomaba, cómo se desenvolvía.

Él tenía que hacer lo mismo.

Tenía que pararse de allí, sin importar cuánto le tomara.

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Pasaron meses, y recordando la actividad de cada uno de sus músculos, la sensación de moverlos que aún albergaba en su memoria y forzarlos constantemente una y otra vez, recobró el habla y el uso de sus brazos.

Había avanzado mucho, pero quería ir más rápido.

Necesitaba ir más rápido.

Y la única forma de hacerlo era a través de ponerse a prueba.

Así que un día decidió emprender un viaje que simplemente, era una locura: recorrer 1500 kilómetros en canoa.

Solo.

Cuando aún no caminaba.

El viaje, al principio, fue una tortura. Subirse o bajarse de la canoa era toda una prueba en sí misma. Reaprender a nadar mientras sus piernas seguían sin moverse, otro más. La gran ventaja que tenía en ese momento era su habilidad para leer a las personas; muy pronto se dio cuenta de que el lenguaje corporal le permitía convencer a los pescadores de todos lados a que cooperaran con el propósito de su viaje con víveres o cualquier otra ayuda.

Así logró, contra todo pronóstico, completar su odisea y regresar.

A su regreso, había recuperado el uso de sus piernas y caminaba con la ayuda de un bastón.

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Su lucha constante contra sí mismo forjó su carácter a lo largo de años; y cuando tuvo la capacidad de la autonomía física que muchos damos por sentado, se dedicó a estudiar la mente  y a convertirse en psiquiatra.

Pero Milton Erickson tuvo primero que superarse a sí mismo para poder lograrlo.

Muy probablemente, se sentiría cómodo cuando estaba postrado en su casa, paralizado.

Pero sentía una gran frustración por no poder avanzar.

No poder actuar.

Esa comodidad lo ahogaba. Lo indignaba, y usó esa indignación para seguir adelante.

A sacarse de su mente todo lo que no podía hacer, y concentrarse en lo que sí estaba a su alcance.

Una anécdota de sus terapias es la de una madre cuya hija había dejado de salir de su casa pues tenía un fuerte complejo al creer que tenía los pies grandes.

Erickson le dice que irá a su casa a verla, pero que no le diga que es psiquiatra.

Esa tarde, él llegó como un invitado más; un amigo que la señora no veía hace tiempo.

En uno de los momentos en los que se encontraban en la cocina, Erickson se cruza con la joven y a propósito le da un pisotón terrible. Ella grita de dolor.

"¿Qué? ¿Qué ha pasado, niña?", dice él, aparentando confusión.

"Me ha pisado, me duele horrible".

"Pues discúlpame... quizá si tuvieses los pies más grandes, los habría visto y no te habría pisado".

La joven se quedó en una especie de trance en ese momento. Luego se vio los pies, perpleja.

Días después, la madre le contaría que su hija ya volvía a salir como antes.

A veces necesitamos un ajuste en nuestra actitud.

Necesitamos someternos a pruebas, para crecer.

Pruebas como el paseo en canoa, o el pisotón.

Pero quedarnos estáticos en el mismo sitio, es como Milton postrado en su cama, afectado por la polio.

Todo es más fácil cuando tienes un propósito: por ejemplo, el mío es narrar historias.

Y con mi propósito sé que puedo ser muy útil para ti y para tu empresa. ¿De qué otra forma piensas conectar con tus clientes?

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Literalmente todo negocio prospera solo a través de sus historias.

Descubramos las tuyas. Espero tu mensaje - jrosas@knesix.com

Jesús Enrique Rosas

Director - Knesix Institute - Universidad Corporativa Fundación Lenguaje Corporal

Este artículo se publicó originalmente en 2018. Algunos enlaces, cursos o promociones que menciona pueden ya no estar disponibles.