¿Es humano, ese hombre?
Muerte esperaba impaciente.
Estaba sentada en su trono, extrañamente apacible.
La mano con los huesos desnudos acariciaba el roble de la inmensa guadaña que tenía a su lado. Con los pies, seguía el ritmo de un jazz desconocido que sonaba en una radio al final de la inmensa sala, la alegre música retumbando tétricamente en la gigantesca bóveda coronada por una lámpara confeccionada con cientos, quizá miles, de calaveras.
Volvió a ver la hora en el reloj. Aún no se acostumbraba al Rolex; le quedaba un poco flojo en la muñeca huesuda. Se lo había quitado a Sydney Greenstreet hace un par de días.
Uno de los inmensos portales que permitían acceso a la sala se abrió silenciosamente, pero nadie entró.
La voz de Muerte resonó grave y amplia.
"¿Por qué te quedas allí? ¿Eres estúpido o qué? ¿Crees que estoy durmiendo?"
A través de la mínima abertura entró un ser bípedo, vestido a manera de mayordomo, de piel verde oscura y prácticamente sin cuello. No tendría más de dos palmos de altura. La voz era como un graznido de cuervo con metástasis.
"¡Oh, gran señora! ¡Tuya es la gloria del fin de mil vidas! ¡Tuya la...!"
El golpe del mango de la guadaña contra el piso casi lo empuja contra la pared.
"¿Me trajiste al escritor o qué?"
El mayordomo trató de mantener la compostura.
"Pues... verá, mi señora... ya usted conoce al sujeto. Es un poco... digamos, duro."
"¿Duro? ¿Duro me dices? ¿Acaso eres estúpido? ¡Por supuesto que sé que es duro!"
Muerte no se explicaba cómo le costaba tanto extraer a esta alma.
En 1918 ella misma había puesto una granada justo a su lado, en el jeep de la Cruz Roja que manejaba. Era un plan infalible.
Hasta pudo hablar con él; recuerda muy bien la conversación.
-
El hombre se desangraba rápidamente.
Los fragmentos metálicos le cubrían toda la mitad derecha del cuerpo. La conciencia, el alma, la vida se escurría de su cuerpo 'como quien saca un pañuelo de un bolsillo, halándolo por una esquina', escribiría él mismo, años después.
Vio a la Muerte misma, que le dijo:
"Lamento haberte extraído tan pronto, pero necesito que escribas mi biografía. Si eres tan amable y llenas estas planillas..."
El hombre, de rostro anchísimo, mandíbula gruesa y ojos del color del mar agitado, solo profirió un grito desgarrador, concentrando toda su rabia en su garganta, en su alma separada de su cuerpo, en su decisión clara y total de no morir en ese instante.
Muerte se sobresaltó.
-
"¿Puedo preguntar qué fue lo que enviaste para extraerlo?"
"Bueno, mi Espeluznante Señora... el sujeto iba a abordar un avión con su esposa. Hemos desajustado una parte del sistema de ventilación y la aeronave ha explotado al despegar. Todos han sobrevivido, me temo".
Muerte exhaló, decepcionada.
"¿Cuándo vas a aprender que para un accidente de aeronave, nada mejor que un aterrizaje forzoso? ¿Sabes cuáles son las probabilidades de sobrevivir en un incidente así?"
"Lo sé, mi Magna Dueña del Destino. Pero ya lo intentamos."
"¿Cómo que ya lo intentaron? ¿Cuándo?"
"Ayer. Hace veinticuatro horas volaban en otro avión. Como iban muy bajo, les he atravesado un poste abandonado. El avión ha tenido que aterrizar de emergencia; le preparé dos opciones, un lodazal lleno de cocodrilos y un estrecho en la espesura transitado por elefantes".
"¿Entonces? ¿Qué hicieron?"
"Escogieron el estrecho. La esposa se rompió un par de costillas. Él solo unos rasguños. Pasaron la noche en la selva hasta ser rescatados por el avión que explotó hoy."
Muerte se quedó pensativa.
No puede ser.
Recordaba que en 1935 el mismo sujeto se había disparado accidentalmente en ambas piernas, mientras trataba de descerrajarle un tiro en el cerebro a un tiburón que acababa de capturar.
En 1943 su pasatiempo favorito era encontrar, perseguir y destruir submarinos alemanes, manteniendo una saludable dosis de granadas y balas en su bote pesquero. No sabemos si los Nazis eran especialmente afortunados, pero nunca se enfrentaron a él.
¿De qué estaba hecho este hombre?
¿Era acaso humano?
El mayordomo interrumpió sus pensamientos.
"Señora, tenemos en reserva una bomba nuclear. Es pequeña, pero creo que..."
"No, olvídalo, estás loco. Una bomba nuclear es demasiado papeleo y horas extras. Esperaré a ver qué se me ocurre."
El mayordomo se retiró tan silenciosamente como había entrado.
Muerte se vio sola, cabizbaja, derrotada.
El grito de rabia aflojó algunas calaveras de la lámpara, que se rompieron al estrellarse contra el piso.
-
Así pasaron 7 años.
Un día, Muerte estaba en su oficina, sentada calculando sus impuestos. Tenía la usual visera verde trasparente y sus metatarsos volaban sobre la máquina sumadora.
Escuchó un alboroto en el pasillo contiguo.
"Señor, no puede entrar aquí así nada más, necesita un permiso, una invitación, una..."
Muerte abrió la puerta para ver qué pasaba.
Frente a ella, esos mismos ojos del color del mar agitado, la misma mandíbula ancha, sosteniendo una gruesa pipa oscura.
"¿Hemingway? ¿Qué coñ... haces aquí? ¿Quién... quién te extrajo? ¿Cómo...?"
El escritor se sacó el revólver del cinto y se lo mostró, sacudiéndoselo en la cara.
"Nadie me extrajo, estúpida. Lo hice yo mismo. Mejor yo, y no cualquiera de tus esbirros incompetentes... o tú, que tampoco es que seas muy habilidosa."
Muerte no soportaba la indignación.
De ordinario detestaba que un suicida le quitara su trabajo; en este caso, al tratarse de Ernest Hemingway, la frustración era múltiple por todos los intentos fallidos de extraerlo.
Hemingway aspiró de la pipa mientras sonreía con un solo lado de la boca. Finalmente habló, expulsando humo al ritmo de las sílabas:
"Entonces, ¿Quieres que escriba esa biografía tuya, o qué?
Muerte resopló.
"No. Ya no quiero nada."
Cerró la puerta de golpe.
-
Tengo que confesarte algo.
Hoy quise escribir esta historia y por nada del mundo recordaba que era el natalicio de Hemingway.
Un hombre cuya vida fue mucho más que un Premio Nobel de Literatura; y que a pesar de haber estado a punto de morir en estas ocasiones y algunas más, nunca dejó de vivir intensamente.
Confieso que es una gran influencia en mi forma de escribir. Ahorro total y absoluto de las palabras; frases mientras más cortas mejor, palabras mientras más sencillas mejor.
Pero en lo que debería influenciarnos a todos es en ese vivir intenso.
Seguramente Hemingway sintió miedo, terror, duda en muchas ocasiones; después de todo, era humano, a pesar de que Muerte lo dudara seriamente más de una vez.
Pero eso no coartó sus acciones.
Sé que es difícil luchar contra esas emociones; nos agobian, nos paralizan, nos detienen.
Pero piensa en que aún estás respirando.
Es todo lo que necesitas.
Sí, tu tiempo se agota; eso no ha cambiado. Lo único es que ahora Muerte tiene un Apple Watch. Mickey Mouse le marca la hora.
Así que es hora de aprovechar cada respiración, cada minuto, cada momento.
Que cada segundo cuente.
Pero para hacer lo que quieres, para lograr lo que te propones, debes saber persuadir.
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No lo dejes para después.
El momento es ahora.
Te espero en el campus virtual,
Jesús.
Este artículo se publicó originalmente en 2018. Algunos enlaces, cursos o promociones que menciona pueden ya no estar disponibles.