Nadie puede olvidar su primer día de clase.

Y no me refiero a ese momento, perdido en la memoria, en el que nos llevaron a un aula, llena de niños tan asustados como nosotros, y nos dejaron solos entre extraños.

Traigo ahora al recuerdo la primera experiencia de todo aquél que se ha enfrentado a impartir docencia alguna vez.

En mi caso, fui muy afortunada. Durante mi periodo de formación en la universidad, realizando la tesis doctoral, el catedrático con el que trabajaba tuvo que ausentarse para asistir a un congreso. Me pidió que diera una de sus clases a los alumnos de tercer curso, y por supuesto, acepté.

Dormí muy poco varias noches preparando a conciencia la información que debía transmitir. Aquella era una época de lecciones magistrales, escritas en parte en la pizarra, con grupos de unos 100 alumnos cuya única ocupación en el aula consistía en tomar apuntes y observar. Una imagen muy alejada, afortunadamente, de la realidad universitaria actual en la mayoría de los campus.

Y allí fui, vestida con mi bata blanca, tratando de transmitir una seguridad frente a mi auditorio, de casi colegas, que distaba mucho de sentir.

El recuerdo de aquellos 55 minutos eternos queda reducido a un solo hecho: la conversación que mantuvieron dos de las alumnas, sentadas en primera fila…sobre mí. Tuve que escuchar, demasiado tímida para mandarles callar, lo que viví como un absoluto ensañamiento. Ridiculizaron todo. Desde la forma de recogerme el pelo al diseño de mis zapatos. Y, sobre todo (es el motivo por el que traigo la anécdota a colación), se estuvieron riendo de algo que entonces ya intuía que sería tan importante desarrollar (si quería hacer carrera en la universidad) como el conocimiento teórico: mi lenguaje corporal. Al parecer, según su análisis, impartí esa clase con los hombros encorvados, centrada en la pizarra, manteniendo un emotivo contacto visual con la tiza, seria, hablando muy bajito tal y como se atrevieron a indicarme los alumnos sentados al fondo…quizás llevaban razón.

Ahora, tras más de 20 años como docente, directora de equipos y coach, recuerdo con auténtico agradecimiento esta escena. No sé cuántos de mis alumnos consiguieron comprender ese día los fundamentos de la sustitución electrófila aromática. Yo decidí, desde entonces, tomar como prioridad el aprender a conectar con mis auditorios. Perfeccionar todo el “envoltorio” de mis palabras, (lo que después me enseñaron a llamar kinésica, proxémica, paralingüística, etc), de tal manera que esos minutos de vida compartidos con otros seres humanos en la misma sala valieran la pena para todos. Y, poco a poco, extendí el aprendizaje de “hablar en público” a “comunicarme de forma profunda con cualquier ser humano en cualquier situación”. No pude adquirir aprendizaje y determinación mejor.

Desde entonces he dedicado muchas horas a la lectura y a la asistencia a cursos sobre lenguaje corporal. Sigo aprendiendo la teoría: microexpresiones, manipuladores, adaptadores, emblemas. Pero tras estos años de práctica, la clave más importante que he aprendido no es el memorizar y tratar de aplicar automáticamente conceptos. Lo que marca la diferencia cuando intento apreciar la verdad en lo que me transmite otra persona es mi propio estado mental y emocional cuando abordo la interacción.

Al trabajar con alumnos universitarios o profesionales en asignaturas y talleres relacionados con las soft skills, o con clientes en procesos de coaching, la herramienta más valiosa que comparto con ellos es la meditación.

La comprensión en la comunicación humana necesita observación y silencio. Un silencio que va más allá de no emitir palabras. Se trata de un silencio interno. Muchos maestros a lo largo de miles de años han transmitido esta realidad. El que nuestro interlocutor perciba en nosotros una escucha activa y, por lo tanto, una conexión, va mucho más allá de asentir con la cabeza o parafrasear. Sólo puede producirse esa conexión cuando nuestra mente está en silencio, y nuestras emociones se mantienen neutras.

¿Difícil? Imposible dicen muchas personas cuando se les expone por primera vez. Sin embargo, si nos dejamos llevar por la curiosidad y nos adentramos en ese mundo vemos que en el fondo, se trata de algo muy sencillo. Nuestra mente sobrestimulada puede volver poco a poco a su estado de atención y frescura originales si la entrenamos para ello. Un aprendizaje que sólo necesita un poquito de paciencia, constancia y determinación. Una práctica que puede realizarse en cualquier lugar, en cualquier momento, en cualquier situación. Un entrenamiento que nos lleva a adquirir la serenidad necesaria para acercarnos a auditorios grandes o pequeños, a interaccionar con personas sin importar su estado emocional en ese momento, a percibir su lenguaje corporal con una claridad que las horas de estudio teórico nunca podrían conseguir.

Te invito a que hoy mismo des el primer paso. Regálate 5 minutos conscientes de calma. Puedes sentarte o comenzar un paseo tranquilo. Y, simplemente, observa tu respiración. Inspira, espira. No fuerces. Observa lo que es en este momento. Practica durante una semana estos simples regalos diarios. No hay nada que esperar. No hay nada que ejecutar. Simplemente respira consciente. Y ahora, recuerda estas sensaciones cada vez que vayas a tener una interacción con otro ser humano, antes de aplicar tus conocimientos de lenguaje corporal. ¿Notas la diferencia? ¿Mereció la pena?

Por: Yolanda Martín Sánchez-Cantalejo – 1810yolandam@gmail.com